La frustración de los países del Golfo con los EE. UU. está dejando de ser silenciosa y comenzando a aparecer de forma más clara. Cuanto más se prolonga la guerra, más crece la sensación de que Washington ha perdido el control de la situación o, peor aún, no tiene un interés real en terminar el conflicto rápidamente.
Países como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos dependen de la estabilidad para mantener sus proyectos multimillonarios en infraestructura, energía e innovación. Una guerra prolongada significa alto riesgo, capital huyendo y decisiones estancadas. Y nadie invierte fuertemente en un escenario donde el futuro es incierto.
Además, hay un desgaste político. Los líderes de la región comienzan a cuestionar si aún vale la pena mantener un alineamiento total con los EE. UU. o si es hora de diversificar alianzas, mirando hacia potencias como China y Rusia.
En el fondo, el mensaje es simple: el Golfo quiere previsibilidad y crecimiento, no conflictos interminables. Y cuanto más pasa el tiempo sin solución, más esta relación histórica con los EE. UU. va siendo puesta a prueba.
